lunes, 19 de enero de 2015

EL FANTASMA

Venía de ocupar el cuerpo de un tipo que amaba a la poesía hasta el delirio y murió creyendo que en su próxima vida reverdecería en alguna planta de gardenia. Juraba y perjuraba plenamente convencido que de no ser árbol o hierba, sería río, mar o lluvia. Yo, que de muertes sé bastante, pero que tampoco podía negarle el gusto de creerse lo que quisiera o deseara, decidí tomar otros derroteros. En algún lugar del mundo debería de existir alguien con un poco de mayor cordura.Aun no terminaban las exequias en esa tarde de diciembre y antes de que se llegara al último día del año a las doce de la noche (precisamente el último día para localizar un cuerpo y reencarnarme, que de lo contrario permanecería en un limbo hasta pasado otro siglo exacto).

Salí por la puerta principal y caminé siguiendo la curva que está frente al panteón con desenfado, entre los coches y autobuses que me traspasaban a sabiendas de que no podrían hacerme daño alguno. A dos cuadras del camposanto a la altura de Galeana, me paré a ver a una pareja que se despedía. Ella subió a un taxi con una seriedad poco común mientras agitaba la mano derecha. 

Él respondió sin mucho afán y después se dirigió hacia Santa Rita se siguió de largo y continuó hasta  Centenario, ya en pleno centro. Al llegar al parque central “Chuy Rasgado” se paseó por cada anillo concéntrico sin decidirse, los pasos lo llevaron hasta una sólida banca de granito verde pistache, en el ala sur, titubeó pero finalmente dejó caer pesadamente su humanidad. Aproveché ese tiempo para hacer mis primeras observaciones: joven, no más de treinta,bajito, robusto, de cabellos negros y ondulados.

 Fue su profunda tristeza en la mirada la que me motivó por continuar a su lado. No se requiere ser espíritu ni genio para llegar a la conclusión de que su tristeza tenía que ver con la fémina de la despedida. En realidad, sólo pude verla de lejos, y además no era asunto mío, sin contar que lo último que quería, justamente era verme involucrado en asuntos sentimentales, o que tuvieran que ver con nostalgia alguna.

 De pronto, pareció salir del trance y se puso de pie. Caminó pesadamente rumbo a la iglesia de Asunción de María, en primera instancia imaginé que lo hacía para buscar un poco de calma espiritual o pedir confesión con algún sacerdote, pero a escasos metros del portón de madera gruesa regresó sobre sus pasos y eligió una nueva silla de granito. Sacó de su bolsillo trasero algo que parecía una suerte de billetera raída, mismo de donde extrajo con sumo cuidado una fotografía bastante gastada seguramente de por tan socorrida. Confieso que sentí un poco de curiosidad o quizá sólo morbo, vaya usted a saber, pero me fui acercando lentamente por encima de su hombro confirmado mi hipótesis inicial de que se trataría de la misma chica, la observé con mayor detenimiento: Linda en verdad. Sus cabellos largos recogidos por un listón multicolor le daba una imagen pulcra y fresca. Sonreía mostrando unos blanquísimos dientes. Su carita limpia sólo ofrecía un poderoso atractivo en forma de lunar sobre una mejilla que se angulaba por la sonrisa y daba paso a sendos hoyuelos coquetos. Traía una blusa tejida en gancho también multicolor semitransparente. La miró largo rato y devolvió el retrato en su sitio. Suspiró hondo y se sumergió en otro silencio. La tarde daba signos de somnolencia y de querer marcharse, el sujeto en tanto no tenía ni para cuándo. Me empecé a desesperar y a mover inquieto en mi lugar, me puse de pie fastidiado, pero él también se puso de pie y se dirigió hacia la carretera, va a casa, pensé.

En contra esquina de Francisco I. Madero, de la papelería “La Reyna” compró un bolígrafo y unas hojas blancas, que yo me preguntaba dubitativo para qué diablos las podría querer. Una vez más ganó la curiosidad y le seguí los pasos a prudente distancia, aunque emparejarme con él daba igual dada mi condición. Así fue como llegamos al puente vehicular, y mientras él miraba para el este, yo me entretenía con el hermoso espectáculo del atardecer en pleno, con el sol cayendo y rebotando sobre la cúpula parroquial y filtrando algunos de sus rayos violáceos entre los dátiles del parque. Al fondo majestuosos: los edificios de correos y las antiquísimas estructuras de las ex regidurías. Al volver la mirada lo vi todavía sobre la acera de peatones. Instintivamente regresé a lo mío mirando ahora por el noroeste: aun con cierta claridad, sobresalía un poco desdibujada por la caída de sol el Cerro Blanco que le daba nombre en náhuatl a la comunidad, aunque de blanco sólo le quedaba por lo descobijada de la sobre explotación de su tierra cementante, pero que sin embargo, tiempo atrás proporcionó la valiosa piedra de cal que mezclada con baba de nopal, fue la argamasa para las juntas de las casa más antiguas.

Me recargué sobre los tubos de acero del puente para mirarlo una vez más, mientras pensaba en silencio: pobre hombre. Y yo mismo lo justificaba argumentándome que cada quien trae ya su propia cruz, sólo que para este hombre tenía nombre y cuerpo de mujer. Cuando se sentó a escribir, crucé la carretera en dirección suya y me quedé a dos metros de su lado. A ratos escribía y luego miraba río abajo; para no aburrirme, caminé de un lado para otro a su espalda. Cuando junté el valor para atisbar sobre lo que escribía fue demasiado tarde, porque estaba por arrojar el papel luego de estrujarlo entre las manos, ahora el texto se perdía en caída libre y en unos momentos se había perdido ya en el hilo de agua. Sonreí al imaginar que si aquello era un poema, más de un pececillo moriría inmediatamente intoxicado por las letales metáforas desesperadas. Al mirarle a la cara, vi claramente que lloraba,entonces me puse serio, porque si una mujer o un hombre lloran; algo terrible debe estar ocurriendo y me reproché la ligereza con la quien había estado tomando el asunto. De no haberlo visto con mis propios ojos, quizá nunca creería como lentamente se fue extinguiendo la luz que tenía en su mirada, hasta quedar convertido en un punto de un negro tan profundo y seco que verdaderamente sentí miedo. También de manera simultánea y con la misma lentitud se fue desdibujando su sonrisa del rostro hasta quedaren un rictus difícil de describir, puedo decir con toda franqueza que a pesar de haber visto muchas cosas, jamás vi algo semejante o al menos parecido.

 Me hubiera gustado decirle que nadie nos prepara para el dolor o para sufrir. Que las cosas no siempre salen bien y que hay algunas historias que no tiene final feliz; que existen agonías que duelen y calan hondo en huellas perennes que resuman su nostalgia de tarde en tarde, que hay que llorarlas y que ello no acaba nunca de agotarnos. Mas una cosa es pensarlo, incluso el decirlo, pero otra muy distinta es sentirlo corroernos el alma: no, no es igual. Por eso decidí seguir a su lado solidarizándome con él en lo que perdíamos la mirada en diferentes puntos igual de imprecisos del horizonte, en esa misma tarde noche,en el mismo puente, con el mismo viento helándonos las mejillas, pero que a él le limpiaba una a una las lágrimas.

Cuántas ganas de explicarle en un cerrado abrazo que nada o poco se puede hacer ante los inexorables designios del Máximo Ordenador cada que decide unir o bifurcar, abrir o cerrar, atar o deshacer posibilidades. Que sólo queda dar y darse hasta que duela, y ser agradecidos con lo recibido, incluso con lo aparentemente absurdo o incomprensible. Pero el discurso sonaba conformista y creo le habría de ir mejor algo más agresivo: como decirle que no se pierde lo que nunca jamás se tuvo, que no termina lo que no inicia, y que las oportunidades se daban según las capacidades, y sobre todo que estaba de acuerdo con él sobre que hay historias que de tan hermosas son casi imposible de que sean verdaderas o permanentes. Puede ser que sólo fuera preciso quedarse callado a su lado acompañándolo, y justamente esto último hacía cuando advertí su deseo de arrojarse, por fortuna fue a tiempo y logré truncar el suicidio, o será que se hubiera arrepentido a última hora; como quiera y por lo que fuere que haya sido, fue un milagro. Para bien o para mal, por valentía o cobardía, se dio una nueva oportunidad. Supe que era el adecuado y desde entonces vivo en él, no se puede dejar de reconocer que alguien así no se lo encuentra uno en cada esquina.

 No sé mucho de su vida pasada,habla poco y con muy pocos, su rostro no tiene matices. Vive y deja vivir, y esto es mil veces más preferible que ser clavel o framboyán ya que soy alérgico al polen, y por si fuera poco hidrofóbico; y este a decir verdad, no le dado por componer verso alguno y juro por Dios que en la primera intención, prometo no detener su material caída.2002/DIME RÍO


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